Capilla de Nuestra Señora la Virgen de Guadalupe
Aunque la imagen de la Patrona de Baena, Nuestra Señora de Guadalupe, no sale en procesión —pues está pintada en la pared del templo parroquial—, su presencia se convierte en el centro de una devoción profunda y constante. María José Cruz Salamanca, camarera de la Virgen, nos descubre el esfuerzo, la emoción y el amor que hay detrás de cada flor, cada tela planchada y cada rincón adornado. Un trabajo que se extiende los 365 días del año y que vive su culmen durante las fiestas patronales.
Un trabajo que no se ve, pero que se siente
María José Cruz Salamanca no necesita títulos ni reconocimientos para saber que su labor es importante. Lo es para ella, para su hijo —actual hermano mayor de la Cofradía— y para todo un pueblo que, año tras año, se vuelca en torno a la figura inmóvil pero viva de su Patrona. «Parece que como no se viste, no hay nada que hacer, pero es todo el año pendiente», nos confiesa.
Aunque la Virgen de Guadalupe no se viste como otras imágenes, su presencia imponente en la capilla exige un cuidado constante: flores frescas, manteles limpios, telas que cambian con las estaciones litúrgicas o con las festividades. Es un trabajo minucioso y delicado. «Hay que lavarlo, hay que plancharlo… que esté medio en condiciones», insiste María José. Lo dice con humildad, pero con el convencimiento de quien sabe que está haciendo algo importante: mantener viva la devoción de un pueblo.
El trabajo se multiplica durante los días grandes de la Patrona. En estos días, la actividad se vuelve frenética. La capilla se transforma, la iglesia se engalana y, sobre todo, se vive el momento intensamente: la ofrenda floral. «Lo de ahora ya es mejor no hablar… apaga y vámonos», bromea, mientras recuerda las jornadas de preparación que se alargan hasta la madrugada.
Durante el día de la ofrenda, la iglesia se convierte en un mar de flores, emociones y devoción. Niños, familias, cofradías y personas mayores se acercan con sus ramos para ofrecerlos a la Virgen. María José lo vive con la emoción a flor de piel. “Mira cómo tengo la piel», nos dice mostrándose visiblemente emocionada.
Las flores que llegan ese día no son un adorno más: son el símbolo del cariño del pueblo. Desde hace unos años, se decidió aprovechar exclusivamente las flores que la gente trae como ofrenda. “Antes se compraban otras aparte, pero la gente quiere que sus flores estén cerca de la Virgen. Eso lo entendimos y ahora solo se ponen las que traen. Es mucho más bonito”, explica.
Este cambio ha sido muy bien recibido. “Cada año viene más gente. Este año, incluso, ha venido gente de fuera del pueblo. Es que le tienen mucha devoción”, nos cuenta.
Adornar el retablo done esta la imagen
El trabajo nocturno que comienza tras la ofrenda floral es titánico. Desmontar ramos, clasificar flores, combinarlas por colores y preparar los centros que adornarán el altar… y todo hasta altas horas. “El año pasado estuvimos hasta las cuatro y media de la mañana. Pero merece la pena”, dice María José. A su lado, un grupo de colaboradores —entre ellos, miembros de la junta directiva y personas cercanas— hacen posible que al día siguiente la Virgen luzca como se merece.
«Se hace con gusto. Porque si tú lo ves y ves que el pueblo responde, que la gente viene, que se emociona… pues ya está. Eso es lo que te llena».
María José tiene claro que no lo hace por reconocimiento. Lo hace por amor. Por fe. Por devoción a la Virgen de Guadalupe. Cuando le preguntamos qué siente al ver la imagen ya adornada, con todas las flores en su sitio, se le quiebra un poco la voz: «Eso no se puede explicar con palabras… Es vivirlo. Es algo que se siente muy dentro».
Una familia unida por la Virgen
El hecho de que su hijo sea el hermano mayor de la Cofradía refuerza ese lazo espiritual y personal con la Virgen. “Es muy exigente, muy perfeccionista. Pero claro, es la Patrona. No puede ser una más. Tiene que ser especial”. Y lo es. No solo por la imagen, sino por el trabajo que hacen entre todos.
“Colaboramos todos. Nos ayudamos. En la capilla, en la iglesia, fuera, en la calle… todo lo que haga falta. Porque esto no lo hace una sola persona. Esto lo hace un pueblo que quiere a su Virgen”.
Al final de la conversación, le preguntamos qué le pide a la Virgen después de todo el esfuerzo. La respuesta, sencilla y profunda: “Salud. Para todos. Y paz. Porque el mundo está muy revuelto. Y si tienes salud y paz, lo demás viene solo”.
La Virgen de Guadalupe, pintada en la pared, inmóvil y silenciosa, se convierte durante estos días en el centro de todo. No necesita salir en procesión para sentirla cerca. Porque hay gente como María José Cruz, que dedica su tiempo, su esfuerzo y su corazón para que la Patrona de Baena siga siendo lo que es: el alma y el sentir de un pueblo.
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