Rafael Ruiz Arjona
Hay personas que dejan huella por los cargos que ocupan. Otras, por las obras que realizan. Y algunas, las más valiosas, permanecen para siempre porque dedican su vida a conservar la memoria de los demás. Rafael Ruiz Arjona pertenecía a este último grupo.
Baena despide a uno de sus hijos más comprometidos con la historia, la cultura y el patrimonio de su pueblo. Escritor, investigador, fotógrafo, artista y divulgador cultural, Rafael Ruiz Arjona fue, ante todo, un enamorado de Baena. Un hombre que convirtió la curiosidad por sus raíces en una labor constante de investigación y recuperación de la memoria colectiva.
Su fallecimiento llega apenas unos meses después de que el Centro Cultural ALIPA-Cañete le rindiera un emotivo homenaje en vida, un reconocimiento que él pudo recibir rodeado de familiares, amigos y de tantos baenenses que han aprendido a conocer mejor su pueblo gracias a su trabajo. Aquellos actos, celebrados en la Casa de la Cultura y en la sede de ALIPA, pusieron de manifiesto algo que muchos ya sabían: Rafael Ruiz Arjona era una figura imprescindible para entender la Baena contemporánea.
Su obra más conocida, Baena, testimonio de su historia, se ha convertido con el paso de los años en una referencia obligada para quienes desean acercarse al conocimiento de la ciudad. Pero reducir su legado a un solo libro sería injusto. Rafael escribió, investigó, recopiló documentos, rescató fotografías antiguas, estudió tradiciones, analizó acontecimientos históricos y dedicó incontables horas a los archivos para que la historia local no cayera en el olvido.
Quienes le conocieron destacan su constancia, su disciplina y su capacidad de trabajo. Natalio Aguilera, vicepresidente de ALIPA-Cañete, lo definió durante su homenaje como un hombre que trabajó durante décadas «poniendo luz sobre nuestra historia» y que siempre mantuvo vivo ese «cordón umbilical» que lo unía a Baena, incluso cuando la distancia física lo alejaba de su pueblo.
Especial relevancia tuvo su labor de captación de imagenes de la Almedina, el barrio histórico que tanto amó y que inmortalizó con su cámara. Sus fotografías en blanco y negro no fueron simples imágenes. Fueron documentos históricos, testimonios visuales de una Baena que cambiaba con el paso de los años y que él quiso conservar para las generaciones futuras. Gracias a su mirada, calles, plazas, rincones, puertas y monumentos quedaron fijados para siempre en la memoria colectiva de los baenenses.
El historiador Manuel Horcas llegó a definirlo como «un antropólogo natural», una persona dotada de una curiosidad permanente y de una extraordinaria capacidad para observar, comprender y transmitir la esencia de su pueblo. Una definición que resume perfectamente la personalidad de Rafael Ruiz Arjona.
Sin embargo, quienes más lo conocieron insisten en que detrás del investigador estaba la persona. Su hija, María Jesús Ruiz, recordó recientemente cómo su padre les transmitió desde pequeños el amor por Baena, la cultura, el arte y la historia. Les enseñó a pasear por las calles de la ciudad descubriendo relatos ocultos en cada rincón y a comprender la importancia de saber quiénes somos y de dónde venimos.
Quizás ahí radique la verdadera dimensión de su legado. Rafael Ruiz Arjona no solo escribió libros o tomó fotografías, ayudó a varias generaciones de baenenses a reconocerse en su propia historia. Les enseñó que la identidad de un pueblo se construye conservando su memoria.
Durante el homenaje que recibió, Pepe Cañete lo definió como «un guardián de nuestra memoria colectiva». Difícilmente puede encontrarse una expresión más acertada. Porque Rafael fue precisamente eso: un custodio de la historia de Baena, un hombre que dedicó incontables horas de su vida a investigar, documentar y compartir conocimientos sin esperar nada a cambio.
Un amigo de sus amigos siempre
A la hora de recordar a Rafael Ruiz Arjona resulta inevitable evocar también a dos grandes amigos con los que compartió buena parte de su vida, de sus inquietudes y de sus afectos: Juan Torrico Lomeña y Vicente Piernagorda Hornero.
Los tres representaron, cada uno desde su particular ámbito, una forma de entender Baena basada en el amor a sus raíces, a su historia y a sus tradiciones. Juan Torrico Lomeña fue uno de los grandes custodios de la Semana Santa baenense, profundo conocedor de sus costumbres, de sus hermandades y de todo aquello que conforma el rico patrimonio inmaterial de una celebración que define la identidad de la ciudad. Su compromiso con las tradiciones lo convirtió en una referencia para varias generaciones de cofrades.
Junto a él, Vicente Piernagorda Hornero, «pintor de Baena», como le gustaba definirse con orgullo, supo plasmar en sus lienzos los paisajes, las calles, los rincones y el alma de su pueblo. Su obra constituye hoy un valioso testimonio artístico de la Baena que él contempló y amó durante toda su vida.
Con ambos compartió Rafael Ruiz Arjona innumerables conversaciones, proyectos, encuentros y momentos de amistad sincera. Los tres, ya desaparecidos, formaron parte de una generación irrepetible de hombres que, desde la investigación, el arte y la tradición, dedicaron buena parte de su existencia a preservar la memoria de Baena.
Con la marcha de Rafael, parece cerrarse definitivamente un círculo de amistad y compromiso cultural que dejó una huella imborrable en la vida de la ciudad. Quienes los conocieron los recordarán como tres baenenses ejemplares que, desde distintas sensibilidades, trabajaron para que las futuras generaciones conocieran mejor su historia, valoraran sus tradiciones y se sintieran orgullosas de pertenecer a esta tierra.
Quizá el mejor homenaje que pueda hacerse a Rafael Ruiz Arjona, a Juan Torrico Lomeña y a Vicente Piernagorda Hornero sea precisamente ese: seguir cuidando la memoria de Baena, del mismo modo que ellos la cuidaron durante toda su vida.
El reconocimiento de todo un pueblo
La noticia del fallecimiento de Rafael Ruiz Arjona ha provocado numerosas muestras de pesar en Baena, tanto en el ámbito cultural como entre vecinos y representantes institucionales. Entre ellas destaca el mensaje de condolencia trasladado por la alcaldesa de Baena, María Jesús Serrano, quien quiso poner en valor la aportación realizada por el investigador y escritor a la conservación de la memoria histórica del municipio.
La regidora manifestó que «lamenta profundamente el fallecimiento de Rafael Ruiz Arjona» y destacó que «su amor por Baena quedó reflejado en su trabajo como investigador, escritor y divulgador de nuestra historia».
Asimismo, subrayó que «gracias a su dedicación, una parte importante de la memoria de nuestro pueblo queda preservada para las generaciones futuras», reconociendo así la trascendencia de una labor desarrollada durante décadas y que hoy constituye una referencia imprescindible para conocer la historia local.
Finalmente, María Jesús Serrano trasladó «su más sentido pésame a su familia, amigos y seres queridos» en nombre propio y de la ciudad a la que Rafael Ruiz Arjona dedicó buena parte de su vida y de su trabajo.
Las palabras de la alcaldesa vienen a sumarse al sentimiento generalizado de gratitud que existe en Baena hacia quien supo convertir su pasión por la historia, la cultura y las tradiciones de su pueblo en un legado que permanecerá vivo mucho más allá de su desaparición física.
Hoy Baena pierde a uno de sus grandes referentes culturales. Pero su obra permanece. Permanecen sus libros, sus investigaciones, sus fotografías, sus artículos y el ejemplo de una vida dedicada al conocimiento y al amor por su tierra.
Hay personas que desaparecen físicamente y otras que permanecen para siempre en los lugares que ayudaron a construir. Rafael Ruiz Arjona pertenece ya a esta segunda categoría.
Descanse en paz quien hizo de la memoria de Baena la tarea más importante de su vida.
Más historias
La feria y la Verbena del Emigrante de Albendin dejan un balance positivo
Albendín abre sus brazos a sus emigrantes.
Baena Z regresa con una tercera edición inspirada en ‘Los Juegos del Hambre’