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Dicen que quien trabaja con pasión no solo construye un oficio, sino una forma de vida. Rafael Espartero Castilla —“Rafa” para los vecinos— lleva más de una década demostrando que la sal no es solo un condimento, sino un legado que puede mover economía, cultura y orgullo local. Al frente de su empresa Gabela de Sal, este empresario baenense se ha propuesto devolver a la sal de interior el prestigio que tuvo antes de la industrialización. Y, lo que es más ambicioso: hacerlo sin perder el arraigo a su tierra.
“Baena siempre fue tierra de sal”, recuerda Espartero. “Antes de que llegaran los camiones del litoral, esta zona abastecía de sal de calidad a buena parte de Andalucía”. Hoy, con un producto refinado, cuidado a mano y con técnicas tradicionales, Gabela de Sal ha logrado posicionarse como una de las firmas salineras más reconocidas del país. No en vano, en 2015 fue galardonada con el Premio Nacional al Mejor Salinero de España, un reconocimiento que llegó tras años de esfuerzo, incredulidad inicial y mucha constancia.
“De ser el ‘loco de la sal’ a tener ese premio nacional… algo hemos hecho bien”, afirma con una sonrisa.
Un trabajo artesanal con una producción limitada
Aunque su producción es limitada —alrededor de 130.000 a 140.000 kilos anuales, concentrados en los meses de mayo a agosto—, la calidad y la variedad son su principal bandera. Desde sal en bloque hasta escamas decorativas, pasando por productos gourmet para cocina, Gabela de Sal ha abierto un mercado que ya mira al exterior.
Actualmente, Rafael Espartero mantiene negociaciones con empresas de Bélgica y Reino Unido para distribuir su sal por toda Europa. Sin embargo, su visión va más allá de exportar materia prima:
“Mi idea es que el producto no salga de España. Que se trabaje y se distribuya desde aquí. Quiero que el valor añadido se quede en nuestra tierra”.
El objetivo es ambicioso: establecer una red de distribución internacional gestionada desde el propio Albendín, y convertir la sal de Baena en un referente europeo sin perder el control sobre su producción artesanal.
Para hacer realidad ese salto, Espartero es consciente de que no puede hacerlo solo. La comarca cuenta con 21 salinas registradas, muchas de ellas sin actividad. Su propuesta es clara: crear una red cooperativa de productores que unifiquen esfuerzos y revitalicen el oficio salinero desde lo local hacia lo global.
“Siempre he tenido la mano tendida. Si nos juntamos varios, esto puede ser grande. Una persona sola no hace ruido, pero veinte asustan”, afirma, para a continuación argumentar que, “la sal no es solo sacarla y venderla. Es vivirla, respetarla, y tratarla con las manos”.
Entre conversaciones y posibles acuerdos
Aunque aún no hay acuerdo cerrado con las empresas extranjeras, las conversaciones siguen avanzando. “Es un proceso lento, de escalón en escalón. Pero cada vez quedan menos. Si no es esta empresa, será otra. Hay interés real y eso ya es un paso”.
La historia de Gabela de Sal ya ha cruzado fronteras. Rafael ha recibido visitas de empresarios de Italia, Nueva Zelanda, Bélgica o Reino Unido, interesados en conocer de primera mano su proceso de producción artesanal. Pero si algo tiene claro, es que no venderá su trabajo por debajo de su valor:
“Aquí no hay máquinas. La sal se limpia a mano, una a una. Hay que valorar lo que cuesta sacar algo con tanto mimo”.
Para Espartero, la sal es identidad, cultura y resistencia. Su empresa no solo genera empleo en una pedanía rural como Albendín, sino que proyecta a Baena como referente de innovación tradicional. Consciente de que no todos lo valoran aún, no se rinde: “Mi pueblo va siempre conmigo. El que renuncia a sus orígenes, mal.”
Rafael tiene un objetivo que “la sal vuelva a ser un símbolo de Baena, como el aceite o la huerta.”
Con una empresa consolidada, reconocimiento nacional y conversaciones internacionales abiertas, Rafael Espartero no solo está revitalizando un oficio, está creando una nueva forma de entender el emprendimiento rural desde la raíz
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