La viña, una forma de vida.

José Cano "Piva"

La campaña de la uva encara su recta final con buenas expectativas de calidad y rendimiento, en un ciclo cada vez más condicionado por las altas temperaturas. Detrás de cada botella hay meses de trabajo, vigilancia y dedicación, una labor que veteranos viticultores como José Cano representan y que encuentra su recompensa en unos vinos que siguen cosechando reconocimientos

Hay trabajos que no terminan cuando concluye una jornada. El de la viña es uno de ellos. Cuando las últimas uvas abandonan el campo rumbo a la bodega, comienza en realidad otra etapa de un proceso que se prolongará durante meses y, en determinados vinos, incluso durante años.

La campaña de este año vuelve a poner de manifiesto esa estrecha relación entre la tierra, el viticultor y el producto final. Una relación construida a base de esfuerzo, conocimiento, paciencia y una atención permanente a cuanto sucede alrededor. Porque una buena cosecha no depende únicamente de que la uva llegue a la vendimia: detrás existe todo un año de cuidados.

José Cano, veterano viticultor al que hemos acompañado en distintas ocasiones a lo largo de los últimos años, es un buen ejemplo de esa forma de entender el campo. Su experiencia permite acercarse a una realidad que muchas veces queda oculta detrás de una botella de vino: el trabajo silencioso que comienza mucho antes de que el consumidor pueda disfrutar de una copa.

Una vendimia marcada por el calor

La campaña ha estado condicionada especialmente por las temperaturas. El calor ha acelerado la maduración de la uva y ha provocado que, en apenas unos días, los grados del fruto aumentaran de manera considerable.

La uva ha llegado a la recta final de la campaña para José Cano con una buena concentración y unas características que permiten hablar de una cosecha de calidad. Sin embargo, el calor también tiene su otra cara: cuando la uva madura en exceso, pierde peso, aunque aumente su graduación.

Ese equilibrio entre grado, peso, maduración y calidad es una de las cuestiones que el viticultor debe vigilar prácticamente a diario.

Y ahí aparece una de las grandes enseñanzas que deja la conversación mantenida con José Cano: en la viña no hay lugar para la improvisación.

Recoger la uva no consiste simplemente en cortar los racimos y trasladarlos. La hora de la vendimia, la temperatura, la manipulación y el transporte son elementos fundamentales para preservar las condiciones con las que el fruto llega a la bodega.

Por eso, durante los días de mayor calor, las jornadas comienzan temprano. En el caso de Cano, las labores arrancan alrededor de las siete y media de la mañana y concluyen antes del mediodía.

El cuidado.

La fruta debe llegar en las mejores condiciones posibles. Para ello también resulta fundamental evitar que los racimos se aplasten durante la recogida y el transporte. Cada detalle cuenta, porque el objetivo es que la uva llegue entera a la bodega y pueda ser procesada adecuadamente.

Una vez en la Cooperativa, en las Bodegas Jesús Nazareno, comienza otro capítulo del proceso: pesaje, descarga, toma de muestras, control del rendimiento y molturación. El trabajo del viticultor continúa así bajo la supervisión de los profesionales encargados de transformar esa materia prima en vino.

Quizá uno de los aspectos más interesantes que deja esta experiencia es comprender que la vendimia representa solamente un pequeño capítulo dentro de un ciclo mucho más amplio.

Cuando termina la recogida, la viña no se abandona. Llega el momento de aportar los nutrientes que necesita para afrontar los siguientes meses. Después vendrá la caída de la hoja y, posteriormente, la poda. Los restos vegetales pueden incorporarse de nuevo al terreno, contribuyendo a mejorar su estructura y aportando materia orgánica, y después, vuelta a empezar.

Con la llegada de los primeros meses del año aparecen los nuevos brotes y con ellos la vigilancia permanente de los tratamientos necesarios. La climatología vuelve a adquirir un protagonismo fundamental.

La lluvia, las temperaturas y la evolución de la planta marcarán buena parte de las decisiones que habrá que tomar hasta que vuelva a llegar el mes de agosto y la viña vuelva a ofrecer sus frutos.

Por eso, cuando José Cano explica que la viña agradece que se esté pendiente de ella, resume de alguna manera una filosofía de trabajo transmitida durante generaciones: la tierra devuelve, en buena medida, aquello que recibe.

La paciencia.

Si la vendimia requiere esfuerzo, algunos de los vinos que nacen de esa uva exigen además una virtud cada vez más difícil de encontrar: paciencia.

No todos los vinos tienen los mismos tiempos de elaboración ni de crianza. Algunos pueden estar disponibles relativamente pronto, mientras que otros necesitan años para alcanzar sus características.

Es el caso de los vinos generosos elaborados a partir de estas uvas, donde el tiempo se convierte en uno de los ingredientes fundamentales.

El proceso continúa en las bodegas mediante sistemas de crianza y renovación que permiten mantener viva la personalidad de los vinos. No se trata simplemente de dejar una bebida almacenada durante años. Existe un trabajo continuo de control, renovación y cuidado.

La materia sigue viva dentro de la barrica y requiere atención.

Así se entiende mejor por qué detrás de una copa de vino hay mucho más que un producto. Hay tierra, clima, conocimiento, trabajo y tiempo.

Los reconocimientos

Todo ese esfuerzo tiene posteriormente su reflejo en la calidad de los vinos que llegan al consumidor.

Los vinos elaborados por Bodegas Jesús Nazareno vienen obteniendo importantes reconocimientos y premios, una circunstancia que pone en valor tanto el trabajo realizado en bodega como la calidad de la materia prima aportada por los viticultores.

El Cancionero se ha convertido precisamente en uno de los referentes de esta producción y en uno de los vinos más reconocidos de la cooperativa.

Pero detrás de ese reconocimiento existe una cadena en la que todos los eslabones resultan importantes: desde quien poda y cuida la cepa hasta quien controla la elaboración y crianza del vino.

La calidad.

El vino también forma parte de nuestra cultura gastronómica

Hablar del vino es hablar también de gastronomía, de reuniones, de conversación y de convivencia.

Una copa compartida alrededor de una mesa forma parte de una cultura profundamente arraigada en nuestra tierra. El vino acompaña tapas, comidas y encuentros, pero también participa directamente en la elaboración de numerosos platos.

Es habitual encontrarlo como ingrediente en guisos, arroces, sofritos y otras elaboraciones tradicionales.

Pero esa cultura del vino debe ir siempre acompañada de una idea esencial: el consumo debe realizarse con moderación y responsabilidad.

Disfrutar del vino significa también conocerlo, respetarlo y saber apreciar sus características. La temperatura de servicio, por ejemplo, no es un detalle menor. Cada variedad y cada elaboración tienen unas condiciones que permiten disfrutar mejor de sus aromas y sabores.

En el caso de los vinos generosos, una temperatura adecuada puede marcar la diferencia entre simplemente beberlos y realmente degustarlos.

Un rico y sabroso patrimonio de Baena

La conversación con José Cano deja también una reflexión.

El futuro del viñedo depende de que haya relevo, de que las nuevas generaciones encuentren razones para seguir cultivando la tierra y de que el esfuerzo del viticultor tenga una compensación adecuada.

La viña forma parte del paisaje, pero también de la economía, de la cultura y de la identidad de nuestros pueblos.

Por eso resulta especialmente importante reivindicar el trabajo de quienes continúan dedicando buena parte de su vida a mantener las cepas, incluso en momentos en los que la rentabilidad no siempre acompaña.

Cano lo ve así, el viñedo tiene futuro porque existe una materia prima de calidad, existe conocimiento y existe una bodega capaz de transformar esa uva en vinos reconocidos.

Y quizá ahí esté una de las claves para entender el futuro: no abandonar aquello que durante generaciones se ha hecho bien, sino combinar esa experiencia con nuevas formas de trabajar y con un mayor reconocimiento al producto.

La viña, escuela de vida

Acompañar a un viticultor durante una campaña permite descubrir que la viña enseña mucho más que cómo obtener uvas.

Enseña paciencia, constancia, enseña que hay cosas que no pueden acelerarse y que el trabajo de hoy puede no tener recompensa hasta dentro de varios años y enseña también que cuidar la tierra es una tarea que exige estar pendiente de ella durante todo el año.

José Cano representa a muchos de esos viticultores que conocen cada rincón de sus parcelas y que saben interpretar los cambios de la planta, las temperaturas, la lluvia y el estado de la uva.

Su testimonio nos sirve, por tanto, para poner rostro a una profesión que continúa siendo fundamental.

Ahora, mientras termina la vendimia, la viña comienza a prepararse para el próximo ciclo. Llegará el abonado, caerán las hojas, llegará la poda, aparecerán los primeros brotes y habrá que volver a mirar al cielo.

Y dentro de unos meses, si el tiempo acompaña, volveremos a encontrarnos con José Cano entre las cepas, ”porque la vendimia termina, pero la viña nunca descansa”.

Y quizá sea esa la mejor manera de entender por qué, cuando finalmente llega a la mesa una copa de buen vino, lo que realmente estamos degustando no es solamente un producto.

Estamos degustando un año entero de trabajo, una tradición y una forma de entender la tierra

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