José Tomás Reyes Bujalance publica «Prisionera de su cuerpo»

Prisionera de su cuerpo de José Tomás Bujalance

El escritor baenense convierte un episodio real de su memoria familiar en una novela que viaja hasta la Baena del siglo XIX, una ciudad de profundas desigualdades sociales, luchas de poder y convulsiones políticas

Hay historias que el tiempo no consigue enterrar. Permanecen escondidas en la memoria familiar, pasan de padres a hijos y, aunque parezcan destinadas al olvido, esperan a que alguien vuelva a escucharlas.

Una de esas historias nació en Baena y ha terminado convertida en una novela. Es la historia que el escritor baenense José Tomás Reyes Bujalance recupera en Prisionera de su cuerpo, su primera obra publicada, un relato que hunde sus raíces en un episodio real ocurrido en la ciudad durante el siglo XIX.

Todo comenzó con una mujer: doña Ana, primera esposa del bisabuelo del autor. Según la memoria familiar, sufrió un entierro prematuro después de padecer un episodio de catalepsia, aquella denominada “muerte aparente” que durante siglos alimentó uno de los temores más terribles que puede imaginar el ser humano: ser enterrado vivo.

La historia dejó una profunda huella en la familia y, especialmente, en la madre del escritor, que desarrolló una intensa tafofobia, el miedo a ser enterrada viva. Años después, aquel temor familiar se transformaría en literatura.

Reyes Bujalance decidió darle voz a doña Ana y, al hacerlo, comenzó también un viaje hacia la Baena de sus antepasados.

Una mujer adelantada a su tiempo

En las páginas de Prisionera de su cuerpo, doña Ana es mucho más que una mujer atemorizada por la enfermedad. Es una mujer instruida, perteneciente a la alta sociedad y adelantada a su tiempo, obligada a vivir en una sociedad que no está preparada para comprender aquello que le ocurre.

Su miedo debe permanecer oculto. Hablar de sus episodios de catalepsia puede convertirla, a ojos de aquella sociedad, en una mujer maldita o poseída.

De ahí nace la verdadera prisión que da título a la novela. Doña Ana está atrapada en un cuerpo que puede engañar a quienes la rodean, pero también en una época que limita su libertad y condiciona su existencia.

Mientras ella lucha contra ese temor, a su alrededor se desarrolla una historia de poder, corrupción y enfrentamiento social.

Su marido, don Manuel María, es un notario íntegro que representa la defensa de la justicia. Frente a él se sitúa don Ramón, un terrateniente ambicioso que pretende utilizar su posición para ocultar cargas fiscales en la venta de una finca.

Lo que comienza como un conflicto entre dos hombres terminará reflejando una sociedad mucho más amplia: la de una Baena dividida entre quienes concentran el poder y quienes apenas tienen recursos para sobrevivir.

La ciudad como personaje

En Prisionera de su cuerpo, Baena no es simplemente el lugar donde transcurre la acción. Baena forma parte de la historia.

El autor reconstruye la ciudad de la segunda mitad del siglo XIX, una sociedad agraria marcada por la enorme desigualdad entre los terratenientes y una gran masa de braceros mal pagados.

Es la Baena del caciquismo, de los intereses económicos, del peso de los terratenientes, de los eclesiásticos y de la milicia. Una sociedad también afectada por la inestabilidad política, los pronunciamientos militares y el fenómeno del bandolerismo.

Todo ello sirve de telón de fondo a una historia que alcanza uno de sus momentos culminantes con la Revolución Gloriosa de 1868.

Pero el lector no encontrará únicamente una recreación histórica. Encontrará también una Baena reconocible.

Las calles, el mercado, las callejas y barreduelas del casco antiguo, las iglesias del convento de Madre de Dios y de Nuestra Señora de Guadalupe o los espacios de reunión de la sociedad de la época aparecen integrados en la narración.

También adquieren presencia instituciones históricas como la Hermandad de Nazarenos, fundada en 1589, y el antiguo casino, cuyos salones y patio se convierten en lugares donde se cruzan conversaciones, intereses y decisiones.

La Casa de la Tercia: un lugar con memoria

Hay, sin embargo, un escenario que tiene un significado especial para el escritor: la Casa de la Tercia.

El edificio, construido a finales del siglo XVIII para almacenar los diezmos y el grano de la Corona, forma parte de la historia de Baena y ocupa un lugar destacado en la novela.

Pero también forma parte de la historia personal del autor. La Casa de la Tercia estuvo vinculada a su infancia y a su hogar familiar. Incorporarla a la novela supone, por tanto, introducir un pedazo de su propia memoria dentro de la ficción.

Es ahí donde el libro adquiere una dimensión especialmente personal: el escritor no solo investiga el pasado, sino que regresa a los lugares que forman parte de su propia historia para reconstruir los de quienes le precedieron.

Entre la realidad y la ficción

Reyes Bujalance no pretende realizar una reconstrucción histórica sometida estrictamente a fechas y acontecimientos. La novela se permite ciertas licencias cronológicas para favorecer el ritmo y la vitalidad del relato.

En sus páginas conviven personajes ficticios con figuras históricas reales, entre ellas varios alcaldes de Baena y protagonistas relacionados con los acontecimientos de la Revolución Gloriosa.

Y existe además un curioso juego entre pasado y presente. El autor ha incorporado a la novela, a modo de homenaje, a personas reales contemporáneas suyas, trasladando sus trayectorias profesionales y adaptándolas deliberadamente al contexto del siglo XIX.

De esta manera, dos Baenas —la que vivió el autor y la que existió más de un siglo antes— terminan encontrándose en las páginas de la misma historia.

Una vuelta a los orígenes

José Tomás Reyes Bujalance nació en Baena en 1951, aunque reside en Sevilla desde 1971. Su relación con la ciudad, sin embargo, permanece intacta a través de los recuerdos y de las historias familiares que han terminado alimentando su primera novela.

Graduado Social y licenciado en Ciencias del Trabajo y en Derecho, desarrolló durante más de veinticinco años su actividad profesional como director de Recursos Humanos en una empresa de más de 22.000 trabajadores. Esa experiencia le ha proporcionado un profundo conocimiento de las relaciones humanas y sociales, algo que también aflora en los conflictos y personajes de la obra.

Prisionera de su cuerpo es, en definitiva, un viaje al pasado. Pero también es un regreso.

Un regreso a Baena, a sus calles, a sus edificios y a sus gentes. Un regreso a la memoria familiar y a una historia que pudo haberse perdido para siempre.

Y en el centro de todo, una mujer que temía que su cuerpo la traicionara hasta el extremo de ser enterrada viva.

El propio autor define su novela como “el eco de una historia que no se resigna a morir sin ser contada”.

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