Autoridades, organizadores, participantes y colaboradores
El expresidente del Tribunal Supremo protagoniza una XI Exaltación a la Santa Cruz marcada por la fe, la «necedad», la «noche» y la entrega a los demás, en un acto organizado por la Turba de Judíos de la Cola Negra
La Iglesia del Monasterio de Madre de Dios, en pleno corazón de la Medina de Baena, ha vuelto a convertirse este domingo en escenario de una de las citas más singulares del calendario cofrade de la localidad. La Turba de Judíos de la Cola Negra ha celebrado la XI Exaltación a la Santa Cruz, un acto que ha alcanzado ya su segunda década y que en esta ocasión ha tenido como protagonista al jurista Carlos Lesmes, expresidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial.
Ante autoridades civiles y religiosas, representantes de las hermandades y cofradías baenenses y numerosos asistentes, Lesmes ofreció una meditación de profundo contenido espiritual en la que llevó la Cruz desde su dimensión religiosa, artística e histórica hasta un terreno mucho más cercano, la experiencia de cada persona ante el sufrimiento, la soledad, la entrega y el amor.
No fue, como él mismo dejó claro desde el comienzo, una conferencia jurídica ni una disertación académica. Fue una mirada hacia el interior, «no vengo a explicar la cruz. La cruz no se explica, se contempla, se abraza, y si Dios quiere, nos transforma».
Una tradición que inicia una nueva década
La jornada comenzó con la presentación de Juan Manuel López Lastres, quien puso en valor la trayectoria de una iniciativa que nació con la voluntad de que la Turba de Judíos de la Cola Negra no limitara su actividad a la Cuaresma y la Semana Santa.
La Exaltación a la Santa Cruz nació precisamente con ese propósito: participar también en una celebración vinculada a una de las señas religiosas de Baena y ofrecer a la localidad un espacio de reflexión en torno al significado de la Cruz.
Tras un único paréntesis, el pasado año, cuando el acto tuvo lugar en la Parroquia de Nuestra Señora de Nuestra Señora de Guadalupe, la Exaltación regresó a Madre de Dios, un templo que aporta al encuentro un marco especialmente simbólico.
López Lastres agradeció la acogida de las hermanas dominicas del Monasterio y destacó la implicación de cuantos hacen posible que la iniciativa continúe creciendo. La XI edición supone, en sus palabras, el inicio de una nueva década para una actividad que pretende consolidarse como una cita propia dentro de la vida cultural, religiosa y cofrade de Baena.
Fernando Santos Urbaneja, «los modelos de grandeza» y la elección del exaltador
El encargado de presentar oficialmente a Carlos Lesmes fue Fernando Santos Urbaneja, primer exaltador de esta iniciativa y figura estrechamente vinculada a su trayectoria.
Santos Urbaneja planteó la Exaltación como un tránsito entre dos momentos. De un lado, la liturgia y el ambiente sagrado del templo, presidido por la Cruz, de otro, la palabra y la reflexión que permiten acercarse al misterio desde la experiencia personal.
En su intervención defendió también la necesidad de que la sociedad busque referentes que no se midan únicamente por los cargos que ocupan, sino por los valores que han demostrado a lo largo de su trayectoria.
Y encontró en Lesmes uno de esos ejemplos. Su carrera en las más altas instituciones de la Justicia española servía, así, como carta de presentación de quien iba a ponerse delante del auditorio para hablar, no de leyes ni de jurisprudencia, sino de una dimensión mucho más íntima: su propia fe y su manera de entender la Cruz.
La «Cruz vivida»
Carlos Lesmes reconoció desde el primer momento que esta es una experiencia nueva para él.
Acostumbrado a conferencias, ponencias y a desenvolverse en el ámbito jurídico, confesó que nunca había realizado una intervención de estas características. Por ello, explicó, afrontaba la jornada con cierto nerviosismo, pero también con la ilusión de poder compartir una meditación nacida desde su propia experiencia.
Su punto de partida fue la palabra exaltar.
Exaltar significa elevar, ensalzar, glorificar. Pero aquello que se exalta es una cruz, un instrumento de tortura y muerte.
La aparente contradicción le permitió introducir la primera gran cuestión de la mañana: ¿cómo puede glorificarse una cruz?
La respuesta la encontró en las palabras de Jesús recogidas por San Juan. Para Lesmes, no se trata de exaltar el dolor ni la violencia del madero, sino aquello que Dios manifiesta a través de él: el amor y la entrega.
A partir de ahí decidió apartarse de los caminos más habituales para hablar de la Cruz.
Podía haber hablado de su presencia en la pintura, la escultura o la música, podía haber recorrido su huella en la historia o en la identidad de España, podía haber reflexionado sobre ella como símbolo fundamental del cristianismo.
Pero eligió otro camino, «yo elegí esta mañana un camino distinto, no hablar de la cruz representada ni de la cruz recordada, sino de la cruz vivida».
La pregunta que quiso plantear fue sencilla y, al mismo tiempo, profunda: ¿qué hace la Cruz cuando entra en una vida humana?
«El cristianismo no es ante todo una doctrina, es una vida»
Para responder a esa pregunta, Lesmes recurrió a personas concretas. Santos, religiosos, mártires y hombres y mujeres anónimos que experimentaron el sufrimiento y la oscuridad y que encontraron en la entrega a los demás una manera de afrontar esas circunstancias.
Su propósito era evitar una reflexión abstracta, «el cristianismo no es ante todo una doctrina, es una vida, y esta vida, cuando es auténtica, siempre pasa por la cruz».
Dos palabras se convirtieron desde entonces en el hilo conductor de la exaltación: «necedad y noche».
La primera procede de San Pablo y de su reflexión sobre la aparente locura de la Cruz, la segunda remite a la experiencia de la oscuridad interior que tantas personas atraviesan a lo largo de su existencia.
La «necedad» de la Cruz
Lesmes acudió a la Primera Carta de San Pablo a los Corintios para explicar cómo la Cruz podía resultar incomprensible desde una mirada puramente humana.
Para la mentalidad griega, que identificaba la belleza con la armonía y la perfección, resultaba difícil aceptar la imagen de un Dios crucificado. Para la mentalidad judía, que esperaba un Mesías triunfante y liberador, un Mesías condenado a muerte suponía igualmente un escándalo.
Y, sin embargo, precisamente en aquello que parecía representar el fracaso absoluto, Lesmes situó el misterio de la Cruz.
No en el poder, sino en la entrega. No en la fuerza, sino en la vulnerabilidad.
El recorrido por San Pablo le permitió presentar la Cruz como un movimiento de descenso, Cristo que se despoja de sí mismo, adopta la condición de siervo y llega hasta la muerte.
Un descenso que no representa derrota, sino amor llevado hasta sus últimas consecuencias.
«Los amó hasta el extremo»
El relato condujo después hasta la noche anterior a la muerte de Jesús y a una frase del Evangelio de San Juan que Lesmes convirtió en otra de las claves de su intervención: «Los amó hasta el extremo».
La Cruz es, en esta interpretación, la expresión máxima de un amor que se entrega completamente.
Pero Lesmes no ocultó la dimensión más dolorosa del relato evangélico. Recordó también el grito de Jesús en la Cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
La experiencia de Cristo permite así enlazar con una realidad profundamente humana: la sensación de abandono, la soledad y esas etapas de la vida en las que parece desaparecer toda luz.
Es entonces cuando aparece la segunda gran palabra de la exaltación.
La noche oscura
San Juan de la Cruz se convirtió en el referente para hablar de la «noche oscura del alma».
Todos, de una manera u otra, podemos atravesar nuestras propias noches. Momentos de incertidumbre, sufrimiento, soledad o ausencia de respuestas.
La cuestión, explicó Lesmes, no consiste únicamente en preguntarse por qué llega el sufrimiento, sino en descubrir qué hacer cuando llega la noche.
Y esa pregunta le permitió presentar las historias de quienes supieron atravesar sus propias oscuridades sin renunciar a la entrega.
Santa Teresa de Jesús y el amor que se entrega
Uno de los primeros testimonios fue el de Santa Teresa de Jesús. A través de su experiencia espiritual, Lesmes volvió a insistir en que el amor cristiano no puede reducirse a un sentimiento.
Es un amor que compromete y que exige salir de uno mismo.
La Cruz, desde esta perspectiva, no es solamente sufrimiento. Es también la capacidad de amar cuando amar cuesta.
De ahí otra de las ideas que atravesaron su intervención: la Cruz se hace presente cada vez que alguien decide entregarse por los demás.
Teresa de Calcuta: servir incluso en la oscuridad
Otro de los grandes ejemplos fue Santa Teresa de Calcuta.
Lesmes repasó su recorrido desde su llegada a la India y su vida como religiosa y profesora hasta la llamada que experimentó durante un viaje en tren en 1946 y que la llevaría a dedicar su existencia a los más pobres.
Pero el exaltador quiso mostrar una Teresa de Calcuta diferente a la imagen pública de fortaleza y certeza que habitualmente se proyecta.
Durante años, explicó, vivió una profunda oscuridad interior, una sensación de ausencia de Dios que no le impidió continuar con su misión.
Siguió sirviendo. Siguió acompañando a los pobres. Siguió entregándose.
Y ahí encontró Lesmes una de las expresiones más radicales de la Cruz: continuar amando cuando interiormente todo parece oscuro.
La noche no terminó con su misión. La hizo, si cabe, más profunda.
La Cruz también tiene rostros anónimos
La exaltación no se limitó a figuras universalmente conocidas. Uno de sus elementos más destacados fue precisamente la reivindicación de personas anónimas que, sin ocupar grandes cargos ni aparecer en los libros de historia, fueron capaces de protagonizar gestos extraordinarios de entrega.
Así lo destacó posteriormente el párroco de Santa María la Mayor, Juan Laguna Navarro, en su valoración del acto.
Para el sacerdote, uno de los grandes aciertos de Lesmes había sido precisamente no limitarse a santos universalmente reconocidos, sino presentar también el ejemplo de una madre de familia cuya historia de entrega había llamado especialmente su atención.
El sacerdote recordó que la Iglesia está llena de ejemplos de este tipo: personas que, en circunstancias concretas, son capaces de anteponer la vida y el bienestar de los demás a los propios.
San Óscar Romero: cuando la entrega tiene un precio
El recorrido de Lesmes llegó también hasta El Salvador y la figura de San Óscar Romero.
Su trayectoria estuvo marcada por una evolución hacia un compromiso cada vez mayor con los pobres y las víctimas de la violencia. Las amenazas no hicieron que abandonara su posición.
El 24 de marzo de 1980 fue asesinado mientras celebraba misa, después de haber denunciado públicamente la violencia que sufría el pueblo salvadoreño.
Para Lesmes, Romero representa otra dimensión de la Cruz: la decisión de permanecer junto a quienes sufren incluso cuando esa elección tiene consecuencias personales.
La Cruz se convierte entonces en fidelidad, compromiso y entrega.
De la resignación a la esperanza
El último tramo de la exaltación quiso despejar cualquier interpretación de la Cruz como una llamada a la resignación.
La Cruz no consiste en aceptar pasivamente el sufrimiento. Tampoco en quedarse inmóvil ante la oscuridad.
Las historias presentadas por Lesmes mostraban precisamente lo contrario: personas que, en medio de sus propias noches, siguieron caminando.
La Cruz puede convertirse en transformación. Puede convertirse en memoria. Puede convertirse en esperanza.
La imagen de la brasa sirvió para expresar esta idea: una brasa parece apagarse, pero puede recuperar su intensidad cuando entra en contacto con el amor.
De esta manera, la intervención regresaba al principio. La Cruz no se explica únicamente desde el dolor. Se comprende desde el amor que permanece.
Juan Laguna Navarro, «nos ha entregado un corazón desnudo de cristiano»
El párroco de Santa María la Mayor, Juan Laguna Navarro, valoró muy positivamente disertación.
A su juicio, Lesmes no había ofrecido una teología abstracta, sino que había conseguido «materializarla» a través de las vidas de personas concretas.
Destacó especialmente que entre los ejemplos aparecieran no solamente figuras como Santa Teresa Benedicta de la Cruz, San Maximiliano María Kolbe o Teresa de Calcuta, sino también personas anónimas capaces de protagonizar actos extraordinarios de entrega.
Laguna Navarro consideró además especialmente significativo que un jurista de la trayectoria de Lesmes hubiera sido capaz de realizar una reflexión de esta profundidad espiritual, «aquí es donde se ha desnudado el corazón de don Carlos Lesmes y nos lo ha entregado a este pueblo de Baena».
Para el sacerdote, el que fuera presidente del Tribunal Supremo ha demostrado que detrás del jurista existe también una persona de fe.
Y resumió su impresión con una frase especialmente significativa: «nos ha dejado ese corazón desnudo de cristiano que es capaz también de impartir justicia y, sobre todo, de alguna manera, entregarse a ese servicio público».
La alcaldesa reivindica una tradición que va «de generación en generación»
La alcaldesa de Baena, María Jesús Serrano, también intervino al término del acto para agradecer a la Turba de Judíos de la Cola Negra su trabajo y reconocer la importancia de una actividad que, según destacó, trasciende el ámbito estrictamente cofrade.
Serrano puso en valor el trabajo que las hermandades, cuadrillas y cofradías realizan durante todo el año y no solamente durante la Cuaresma y la Semana Santa.
En este contexto, reivindicó la importancia de conservar las tradiciones como parte de la identidad de Baena y destacó el valor de su Semana Santa y de la religiosidad popular.
La alcaldesa relacionó además la reflexión de Lesmes con la responsabilidad que todos tienen en la construcción de una sociedad más justa e igualitaria.
La Cruz, vino a plantear, no debe convertirse en resignación, sino en compromiso con la vida de las personas.
Desde esa perspectiva defendió la necesidad de trabajar por una sociedad «más justa, más igualitaria» y en la que todas las personas tengan las mismas oportunidades.
Serrano agradeció finalmente a la Turba de Judíos de la Cola Negra su labor de conservación y transmisión de un legado que, como señaló, pasa de generación en generación.
Una exaltación que también pone a Baena en el mapa
En la rueda de prensa previa al acto, Fernando Santos Urbaneja destacó el carácter singular de una celebración que permite hablar de la Semana Santa y de la Cruz en pleno verano.
Con cierta ironía, habló de lo «insólito» de encontrarse con una especie de Semana Santa en plena canícula y volvió a poner sobre la mesa las dos palabras que habían marcado el discurso de Lesmes: necedad y noche.
Para Urbaneja, la importancia del acto está también en la capacidad de generar textos que permanezcan.
El discurso de Carlos Lesmes, afirmó, puede ser «terapéutico» y servir de alivio a muchas personas, «solo por eso tiene sentido todo esto que estamos haciendo», señaló.
Lesmes, «la fe no condiciona una decisión judicial»
Por otra parte, la rueda de prensa nos permitió conocer también cómo entiende Carlos Lesmes la relación entre su condición de creyente y su larga trayectoria profesional en la Justicia.
Preguntado pr Cancionero sobre si la fe puede condicionar una decisión judicial, fue tajante, «la fe no condiciona una decisión judicial».
Lesmes explicó que el juez debe separar claramente sus convicciones personales de su obligación profesional y que, cuando juzga, su referencia es la ley, «yo cuando juzgo no tengo más referencia ni más mandato que el legal, porque es el que me da legitimidad».
Al mismo tiempo, reconoció que nunca se había encontrado ante una situación en la que tuviera que aplicar la ley en contra de sus convicciones personales, señalando que muchas normas están inspiradas en principios y criterios morales compartidos también por personas que no son creyentes.
Una primera vez para Lesmes y un regalo para Baena
La experiencia fue también novedosa para el propio exaltador. Lesmes reconoció que había dedicado prácticamente toda su vida profesional al mundo del Derecho y que nunca había realizado una meditación de estas características.
Su participación, explicó, fue posible gracias a la invitación de Fernando Santos Urbaneja y al conocimiento de esta tradición a través del anterior exaltador, Antonio del Moral.
Ser elegido para pronunciar la XI Exaltación le produjo una especial ilusión porque le permitía compartir públicamente una dimensión de su vida que habitualmente había quedado al margen de su actividad profesional: su intimidad como creyente.
El resultado fue una exaltación construida sobre dos conceptos —la «necedad» y la «noche»— y desarrollada a través de historias de personas que hicieron de la Cruz una experiencia vital.
Al final, el camino iniciado en la liturgia de Madre de Dios regresó al corazón de cada asistente, la Cruz que se contempla, la Cruz que se recuerda y, sobre todo, la Cruz que se vive.
Una Cruz que, en la mirada de Carlos Lesmes, no invita a bajar los brazos ante la oscuridad, sino a mantener encendida la brasa del amor, convertir el sufrimiento en entrega y hacer de la propia vida un espacio de servicio a los demás
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