José Cano, conocido como “Piva”, viticultor veterano y miembro de la dirección de la cooperativa Jesús Nazareno, comparte su experiencia en Cancionero en una campaña marcada por la calidad del fruto, el aumento de la producción en su viña y la necesidad de conservar y fomentar este cultivo en la localidad.
En los campos de Baena, donde el sol aprieta pero también alimenta, la vendimia ha vuelto a ser un acto de sabiduría, paciencia y pasión. A pie de viña nos recibe José Cano, más conocido por todos como Piva, un nombre ligado inseparablemente al mundo del vino. Año tras año nos abre las puertas de su finca para contarnos cómo ha ido la campaña. Y este año, lo dice sin rodeos: «He tenido suerte, ha sido una vendimia muy buena».
Un trabajo que empieza en invierno
Todo empieza mucho antes del primer racimo cortado. El calendario del viticultor se activa en invierno, con la poda, el abono y los primeros cuidados. “Desde que se poda hasta que cortamos la uva hay que estar muy pendiente de la viña”, explica Cano. No es una labor físicamente dura, dice, pero sí constante y técnica. Hay que conocer el ciclo de la planta, aplicar tratamientos preventivos, meterla en alambres y mimarla cada semana.
Este año, la climatología ha sido especialmente complicada: calor, humedad, lluvias inesperadas. Por eso José Cano ha aplicado hasta cuatro tratamientos, principalmente con cobre y azufre de calidad, para mantener la viña protegida. “No han sido tratamientos agresivos, han sido preventivos. Hoy en día, curar una enfermedad como el mildiu es casi imposible”, comenta.
Mientras en otras zonas vitivinícolas del marco Montilla-Moriles la producción ha bajado hasta un 60% por las enfermedades, la viña de Cano ha producido un 40% más que el año pasado: de 2.600 kilos en 2024 a más de 4.000 kilos en esta campaña. “Aquí, gracias a Dios, el mildiu no ha atacado. Puede que haya sido por los tratamientos. He tenido suerte”.
El fruto obtenido tiene una gran calidad, con mucho zumo y sin apenas pasa, lo que promete un excelente rendimiento en bodega. “Cuando la uva llega a la cooperativa, con nada que se muele, se llena el cubo de caldo”.
Una labor diaria y muy madrugadora
La jornada en la viña comienza muy temprano, a las 7:15 de la mañana, para evitar que el calor dañe la uva. “Cuando la uva se machaca, empieza a fermentar. Por eso hay que cogerla con la fresca”. La faena diaria suele durar unas cuatro o cinco horas, y la recogida es totalmente manual, para conservar mejor el fruto. “A mano es mucho mejor para la uva”, afirma rotundo.
Las herramientas básicas: tijeras, capazos y un remolque con plástico, exigido por la cooperativa para no desperdiciar el caldo que pueda desprenderse durante el transporte.
Bodega Jesús Nazareno y sus finos premiados
La uva que recolecta Piva se entrega en la cooperativa Jesús Nazareno, donde forma parte de la elaboración de reconocidos finos como Cancionero o Fino Baena. “Es un vino diferente, con cuerpo, con historia”, explica Cano. Y no lo dice solo él: los premios de oro y plata que reciben estos vinos lo avalan cada año.
“No hay tanta cantidad como en otras zonas, pero la calidad es altísima”, destaca, mientras defiende el consumo del vino local como un símbolo de identidad: “Antes de comer, una copita de vino. Eso no debe perderse”.
La rentabilidad de la viña.
La pregunta clave que se hacen muchos agricultores: ¿es rentable seguir con la viña? Cano responde con sinceridad: “Económicamente no es mucho, pero compensa”. Sobre todo, si la viña está renovada, como la suya, que pasó de vaso a espaldera en 2012. “Una viña en vaso, vieja, puede dar 2.000 kilos. Esta me ha dado más de 4.000”.
Además, recuerda que existen ayudas y subvenciones para quienes quieran renovar sus viñedos: “Te pagan las plantas, los alambres, todo. Renovarla sale casi gratis”.
Consciente de que muchos jóvenes han abandonado el campo, Piva lanza un mensaje a quienes quieran seguir cultivando la tierra: “Hay futuro en la viña. El vino sigue teniendo consumo. Si pueden renovar las viñas y aumentar un poco la producción, mejor”.
Lamenta que cada vez haya menos profesionales especializados, pero no pierde la esperanza: “Esto es una forma de vida. A mí me gusta la uva, me gusta verla crecer, verla verde… Es bonito”.
Al final de la jornada, Piva nos invita a disfrutar de los frutos del esfuerzo: una copa de vino fino, un buen queso y una charla entre amigos. “Eso no tiene precio. Eso hay que vivirlo”.
Y mientras el sol sigue su camino por el cielo de Baena, él se despide con una sonrisa, el sudor en la frente y la satisfacción de quien ha cumplido, un año más, con la tierra.
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